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Cierto día, durante el
recreo en la escuela,
Cayo estaba con su amigo
Oliver. Ambos, con sus
meriendas en las manos,
comían y conversaban.
En ese momento, llegó un
compañero de ellos y se
sentó cerca de ahí. De
vez en cuando el niño
miraba hacia Cayo y
Oliver, con ojos
hambrientos. Él no tenía
nada para comer y tenía
hambre. Oliver, que
apenas había comenzado a
comer su sándwich,
partió su merienda en
dos y extendió la mano,
dándole una mitad a su
compañero:
- José, yo no tengo
mucha hambre. ¿Quieres
compartir conmigo este
sándwich? Si regreso a
casa con él, mi
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mamá se pondrá
triste, pues fue
ella quien lo
preparó. |
Con una sonrisa tímida,
José aceptó contento:
- Gracias, Oliver. ¡Debe
ser una delicia! ¡Que
Dios te lo pague!
Y, tomando su pedazo de
sándwich, José se lo
comió rápidamente,
después volvió a
agradecer y satisfecho
fue a lavarse las manos
en el bebedero.
Carlos, que vio la
actitud de Oliver con
asombro, aprovechó que
José se había ido para
reprender a su
compañero:
- Oliver, ¿por qué
compartiste tu merienda
con ese niño? ¡Después
de todo, él no trajo su
merienda y encima se
comió la mitad del tuyo!
¡No me gustan las
personas que se
aprovechan de los demás!
Si él tenía hambre,
¡¿por qué no trajo
merienda?!...
Pero Oliver, escuchando
las palabras duras de
Carlos, respiró profundo
y respondió:
- Carlos, yo conozco a
José. Su familia es
pobre, pero muy buena.
No trajo merienda porque
no tiene nada en casa,
¿entiendes? Entonces,
cuando eso pasa, no me
molesta compartir mi
merienda con él. Antes
de salir de casa, tomé
un buen desayuno y la
mitad de un sándwich no
me hará falta, puedes
creerlo.
Al escuchar la
explicación de Oliver,
Carlos bajó la cabeza,
avergonzado por haber
sido tan duro con un
compañero que era más
pobre que él. Pronto
sonó la campana y ellos
volvieron a clase, pero
Carlos no podía olvidar
lo que le había dicho
Oliver; las palabras de
su amigo se quedaron
martillando en su
cabeza.
Al regresar a casa,
Carlos continuaba sin
olvidar lo que su
compañero le había
contado. No sabía que
José fuera tan pobre y
se sintió mal ante su
propia conducta.
Al acostarse, cerró los
ojos y la imagen de José
apareció delante de él,
haciéndole recordar el
día en que llevó dos
carritos de metal a la
escuela, de los que son
importados, imitación de
modelos idénticos a los
verdaderos. Notó que
José no quitaba los ojos
de los carritos,
encantado. Sin embargo,
no dejó que ni tocara
sus juguetes.
Ahora, ahí echado, se
sentía avergonzado de su
actitud. Lloró por haber
actuado de aquella
manera con José. Y
después de decidir
cambiar su actitud con
su compañero, finalmente
se durmió.
Al día siguiente, Carlos
se levantó animado. No
necesitó que su mamá lo
llamara. Tomó un baño,
se vistió y se sentó
para tomar sus primeros
alimentos. Pidió a su
mamá que le prepare un
sándwich más, muy
delicioso, y dos jugos.
Ella hizo lo que le
pidió y dijo:
- ¡Vaya, hijo mío!
¡Parece que hoy
amaneciste con hambre!
- No, mamá. Es para
reparar un error mío.
Después te lo cuento.
¡Chau!...
- ¡Ve con Dios, hijo
mío!...
Al llegando a la
escuela, Carlos estaba
radiante. Todos notaron
la diferencia en él sin
saber la razón. Hasta la
profesora vio su buena
disposición, pues en
general él era
malhumorado.
A la hora del recreo,
corrió hacia afuera con
su amigo Oliver y llamó
a José para estar
juntos. Encontraron un
lugar muy tranquilo
debajo de un árbol.
Carlos cogió uno de los
sándwiches y lo entregó
a José, que se extrañó
de la actitud de su
compañero.
- No te preocupes,
Carlos. No tengo hambre,
créeme.
- Traje este sándwich
para ti, José. Fue mi
mamá quien lo hizo y
debe estar muy bueno.
¡Pruébalo! ¡Ah! ¡Y
también tengo un jugo
para ti! - respondió
Carlos con una sonrisa.
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Con los ojos
desorbitados, José vio
el sándwich que estaba
en una de sus manos, el
jugo en la otra, y sus
ojos brillaron de
alegría. Luego, con voz
tímida, preguntó:
- Carlos, ¿te molesta si
yo como sólo la mitad de
la merienda y tomo la
mitad del jugo?
- No, haz lo que quiera.
¡Los traje para ti!
- Ah, gracias. Es que
tengo un her- |
mano de tres
años que se queda en
casa y no tiene qué
comer; me gustaría
compartir mi merienda de
hoy con él. |
Carlos tragó en seco,
con ganas de llorar al
oír a José hablar de su
hermanito, y dijo:
- Haz lo que desees con
tu merienda.
Luego, recordando los
carritos que había
traído y tenía en su
bolsillo, Carlos sonrió
y le dijo:
- Entonces si tienes un
hermanito, ¡tengo algo
que le va a gustar! -
dijo y sacó del bolsillo
de su pantalón los dos
carritos, nuevos y
relucientes, y los
entregó a su compañero,
que no podía creer tanta
maravilla.
José se levantó de donde
estaba y se lanzó al
cuello de Carlos,
dándole las gracias por
los regalos. Después, le
explicó, entre lágrimas:
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- Estaba triste porque
hoy es el cumpleaños de
mi hermanito y no tenía
nada para darle. ¡Ahora,
tengo una merienda y
también le llevaré los
carritos para él como un
regalo tuyo, Carlos!... |
En ese momento, Carlos
comprendió por qué Jesús
nos invita en sus
lecciones a hacer el
bien al prójimo. No
existe mayor alegría que
sentirse útil a alguien
y recibir su
agradecimiento, que
llega al corazón a los
que hacen el bien.
Oliver, que observaba
Carlos, sorprendido por
el cambio que se habían
producido en él, sonrió
feliz, y Carlos se dio
cuenta. Luego dijo a su
compañero:
- Gracias a ti, Oliver,
ese día, recibí mi mayor
lección del Evangelio de
Jesús. ¡Gracias
amigo!...
MEIMEI
(Recibida por Célia X.
de Camargo, el
26/10/2015.)
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